LA REENCARNACION DE LAS GEMELAS POLLOCK.

Northumberland, Reino Unido; 12 de febrero de 2018.- Durante más de cuarenta años Ian Stevenson investigó tres mil casos de niños que hacían pensar en la posibilidad de vidas pasadas. Uno de estos, según aparece en su libro “Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación”, es el conocido como el de “Las Gemelas Pollock”.

Todo comenzó en el mediodía del 5 de mayo de 1957, cuando la familia Pollock, siguiendo la costumbre, se dirigía a la iglesia de Hexham, en el Reino Unido, para acudir a la misa dominical. Las niñas, Joanna de 11 años y Jacqueline de 6, caminaban a toda prisa delante de sus padres, John y Florence. Por desgracia, a escasas manzanas de la iglesia, la prisa que embargaba a las niñas les impidió ver el automóvil que se dirigía al cruce, las dos niñas morirían en el acto.

Destrozados por las pérdidas prematuras de sus hijas, decidieron volver a formar una familia, quedando Florence embarazada de gemelos. Tras nueve meses de embarazo, el 4 de octubre de 1958 nacieron Gillian y, pocos minutos después, Jennifer. La alegría dio paso a la sorpresa cuando sus padres comenzaron a observarlas en detenimiento. Eran idénticas, pero en sus pequeños cuerpos había grabadas marcas de nacimiento muy peculiares. Principalmente las de Jennifer, quien tenía una mancha en su frente, justo en el mismo lugar del accidente de Jacqueline, la hermana a la que nunca conoció.

Cuando las pequeñas apenas tenían tres meses la familia decidió trasladarse a otra localidad, su antigua casa aún les traía demasiados recuerdos dolorosos. Sin embargo, cuando las menores cumplieron los dos años, algo cambió por completo, Gillian y Jacqueline, valiéndose de las pocas palabras que habían aprendido comenzaron a pedir juguetes de sus difuntas hermanas. Cuando su padre les dio unas muñecas que tenía guardadas en el desván, las gemelas las bautizaron como Mary y Susan. Los mismos nombres que les habían puesto, tiempo atrás, sus hermanas mayores.

Cuando los Pollock decidieron volver nuevamente a su pueblo natal, la reacción fue instantánea. Las dos niñas, al unísono, pidieron visitar un parque de diversiones que tanto obsesionaba a sus hermanas y lo describían a detalle, como si ellas mismas lo hubieran visitado en reiteradas ocasiones. Cuando llegaron a la casa, reconocían cada rincón del hogar, incluso a sus vecinos. Sus padres decían que actuaban y hablaban del mismo modo en que lo hacían sus primeras dos hijas.

Con apenas 4 años, las niñas les temían a los autos que circulaban. Tenían miedo a cruzar la calle. “¡El auto viene a buscarnos”, gritaban. En una ocasión, incluso llegaron a conversar sobre el trágico suceso que les ocurrió a sus hermanas años atrás.

El caso llegó a Ian Stevenson, quien creía fuertemente que era más fácil trabajar con niños en los temas de reencarnación, ya que los adultos pueden estar influenciados por factores que, a menudo, se pueden incorporar como propios. Los niños, en cambio, actúan con espontaneidad sin que nada les condicione.

“No quiero que me vuelva a pasar. Fue horrible. Mis manos estaban llenas de sangre, igual que mi nariz y mi boca. No podía respirar”, le dijo Jennifer a su hermana. “No me lo recuerdes” -le respondió Gillian- “Parecías un monstruo y algo rojo salió de tu cabeza”.

A los 5 años Gillian y Jennifer apagaron el vínculo con el pasado, y los recuerdos de una posible vida anterior desaparecieron para siempre, como si nunca los hubieran tenido.